En 1992 compré uno de los mejores discos de la historia. Recuerdo con claridad el año porque hace una semana conseguí entre las páginas de un viejo libro (que no abría desde 1992) un par de facturas de la discotienda. Aun puede leerse un escueto The Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Me encantaba ir a esa tienda. Era un local grande y un tanto oscuro que quedaba en la primera planta del Centro Plaza (Caracas). Siempre esperaba encontrar alguna oferta que me permitiese comprar por lo menos un par de discos. Pero eso casi nunca pasaba. De hecho, recuerdo aquella tienda como un lugar costoso, con material exclusivo, y eso en un país tan particular como Venezuela se paga en metálico. Por aquel tiempo no había explotado el fenómeno de la piratería y tampoco existía internet (y por ende no existían las descargas). Si querías un disco tenías que comprarlo, o en el peor de los casos, conseguir que alguien te lo prestara para grabarlo en cassette. Esta situación me obligó siempre a elegir con mucho cuidado mis compras. No podía darme el lujo de aventurarme a comprar música que no conocía. Cada disco de mi juventud era una joya para mi. Esto, a pesar de ser una limitante, me enseñó a escuchar con mucho respeto la música. Me enseñó a comprender el concepto del “Álbum” y a sortear la simple sucesión de canciones para acercarme a la idea que el artista quería imprimir en su sonido. Eso de adelantar las canciones para escuchar la que te gusta o comprar un disco sólo por una canción, llegaría mucho después (el formato mp3 también potenció esta situación). Hoy, con las posibilidades que existen, ya ni siquiera tienes que comprar el disco entero. Lo entiendo y lo respeto, pero en ese sentido soy de la vieja escuela. Escucho mis discos por completo, llegando en ocasiones a no poder distinguir los éxitos dentro de un álbum.
Paradójicamente, creo que el disco que inició esta tendencia fue una completa aventura monetaria. Si bien conocía a Pink Floyd por la enorme fama que poseían, realmente nunca había escuchado con atención ninguno de sus trabajos. De hecho, el único acercamiento “serio” a la banda se había producido por la inesperada llegada de A Momentary Lapse of Reason a mi casa, primer disco sin
Waters y especie de transición en la hegemonía de Waters hacia Gilmour. La verdad no fue el mejor comienzo. Un par de excelentes temas (Learning to Fly y Dogs of War) no fueron suficientes para convencerme. El disco poseía demasiados espacios experimentales que no llegaron a cuajar. Sin embargo, la situación con The Dark Side... fue totalmente diferente. Ese disco, en mi opinión, define de manera clara y brillante el concepto del “Album” en el rock. Me hace gracia, pero realmente tuve una experiencia extrasensorial con el disco. Y no, no fueron drogas. Sólo salchichas. Y es que nada mas salir de la tienda con mi pequeña joya bajo el brazo, me topé con un pequeño kiosco en el mismo centro comercial que vendía una de mis debilidades, perros calientes. Sin embargo, no era el típico negocio. Tenía extraños aparatos que jamás había visto y una variedad inquietante de salchichas alemanas. Como buen adolescente en etapa de crecimiento y conocedor de las bondades del fast food, me dediqué a probar una buena parte del menú. Venga un Frankfurter (de cerdo ahumado), ahora la Wienerwurst (mezcla de cerdo y res condimentada con ajo), y que tal ese Bratwurst (con pimienta) y que carajo, deme también la WeiBwurst (la blanca de toda la vida) y así todos contentos.
Cada bocado era celestial. Era una comida muy sencilla, pero la forma en la que estaba preparada, con la salsa en el fondo y el pan horneado en esos extraños aparatos le imprimía un aire novedoso y a la vez clásico. El amable vejete que regentaba el negocio se regocijaba con este excelente cliente, que además aderezaba cada bocado con abundantes chorros de salsa Tabasco. Finalizado el lamentable episodio, pues creo que dejé solo dos salchichas por probar, me marché a casa dispuesto a escuchar mi disco.La duda que me invadió en la discotienda al comprar el cd, desaparecería unas horas más tarde. La atmósfera que desprende The Dark Side... desde el primer track me dejó embriagado. Los efectos a cargo de Mason desde “Speak to me” dejan el terreno abonado a las oscuras letras de Waters y a los riffs y solos de Gilmour. Es un disco equilibrado y redondo. Incluso el trabajo de Richard Wright al teclado, instrumento que siempre me había espantado un poco, está magistralmente sincronizado con la suave voz de David Gilmour. The dark Side of the Moon es un sonido continuo, con puentes llenos de voces, risas e incluso el latido de un corazón. Encajó perfectamente en mi cabeza e inició en buena medida un cambio en mis primitivos gustos musicales.
Pero, ¿que hay de la experiencia extrasensorial? Bien, debo decir que esa misma tarde los efectos colaterales del atracón alemán y el rock progresista de Pink Floyd confluyeron en una horripilante indigestión. Sin entrar en detalles en la etapa nauseas-baño, lo interesante se presentó con el ciclo de la fiebre. Durante toda la noche, con escalofríos y pensamientos cercanos a la secuencia final de 2001: A Space Odyssey, The Dark Side of the Moon estuvo sonando de manera interrumpida en mi cabeza (o por lo menos eso es lo que yo creía). El pequeño delirio producto de las calenturas no hizo más que machacar mi cerebro con la voz y las risas de Waters en "Brain Damage". Sin embargo, la calma venía una y otra vez con los versos finales de "Eclipse", encerrados en un loop eterno. A la mañana siguiente, despojado ya de toda sensación febril y contrario a lo que podría pensarse, amé por segunda vez a los Floyd.
Regalo de despedida. El 2 de julio de 2005 tuvo lugar el Live 8. La atracción principal para esa día fue sin lugar a dudas la reunión de Pink Floyd. Luego de 24 años sin tocar juntos, Waters, Gilmour, Mason y Wrigth nos deleitaron con un pequeño recorrido de su carrera. Amén.
2 comentarios:
JA, JA, JA, JA. ¡Este relato está buenísimo!. Deberías reuninir tus historias y hacer un libro. Creo que será un exitazo, porque muchos podrían pensar -y con razón- que es una nueva versión del "realismo mágico". Por cierto, felicidades por el libro colectivo con Inés Quintero. Abrazos desde Venezuela.
Gracias por los comentarios Daniel. Hago lo que puedo con los recuerdos y con la historia. Que por cierto, todavia no he visto el libro en persona. Un abrazo.
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