jueves, 31 de mayo de 2012

Dadme una par de buenos melones y venderé el mundo

Desde hace algún tiempo el canal de videos YouTube está siendo utilizado por las compañías discográficas como un efectivo medidor del gusto del público. Lo que antes se realizaba a través de la venta de discos (aquellos galardones de disco de platino, oro, etc.), hoy en día se contabiliza por las visitas a los videos promociónales de los artistas. Si X canción recibe tantos millones de visitas, son “posibles” o “potenciales” millones de descargas o ventas del último single o disco editado. Es por esta razón que hemos visto en los últimos tiempos una detestable invasión de comerciales y productos protegidos por copyright en YouTube. Las grandes empresas han entendido el poder de internet y están migrando sus operaciones masivamente a este nuevo formato. Pero ese mismo potencial de promoción o venta, también ha sido entendido por usuarios particulares que buscan una forma de hacer dinero o de obtener fama en internet. No cantan o bailan. No son ejecutivos, ni tienen edificios con grandes oficinas o escritorios. Ni si quiera visten traje. Solo tienen grandes tetas. Si, enormes tetas.

Juro por Dios que fue por error!!! Me topé con este fenómeno por la misma razón que a diario nos topamos con todo lo extravagante de internet, por darle al clic donde no se debe, allá donde llama el morbo. Chicas que venden consejos, mercancía inverosímil y cuantas estupidez se nos ocurra, pero son expertas en tecnicismos cinematográficos como los planos picados y cenitales. A ver, en mostrar las peras desde arriba, para entendernos!! La reina de estas chicas se llama Miss Hannah Minx, y está literalmente loca por la cultura japonesa. Cada uno de sus videos, que los graba desde una sencilla habitación de su casa, ha recibido por lo menos un millón de visitas. Está perfectamente conciente de lo que está haciendo y en cada uno de sus videos promociona como quien no quiere la cosa productos y productos de toda índole. Le han salido imitadoras por todas partes y éstas también reciben cientos de miles e incluso millones de visitas. En su mayoría, los videos son bastante mediocres, algunos aderezados con ridículos tópicos, pero con un mensaje muy claro: “hey, mírame las tetas”. Ellas lo saben, se burlan y se regocijan con ello. Solo es cuestión de tiempo para que las veamos en la televisión, en el cine, desplazando a los creativos del mercadeo y la publicidad. ¿Para que quiero a Don Draper, si tengo este par de lolas? 

«Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo» dijo Arquímedes una vez. Pues dame una par de buenos melones y venderé el mundo, no hay más. Acá les dejo una muestra y una entrevista que le realizaron a la más famosa de estas emprendedoras chicas. See Ya!


domingo, 20 de mayo de 2012

De falos por la izquierda, y culos a la derecha

 Estábamos absortos con las imágenes que veíamos por primera vez en un formato gigante. Tal vez por eso nos olvidamos por completo de vigilar la puerta del auditorio. De vez en cuando echábamos una mirada de sorpresa y risa entre nosotros, cómplices de aquella travesura transgresora. Y de repente, mis ojos se toparon con dos globos oculares a punto de explotar, no solo por la impresión, sino por el rubor alegremente extraviado en el regocijo. El vigilante no sabía que hacer, eso de ver un pene de tres metros y medio penetrando un acuoso orificio velludo de proporciones XL, no se ve todos los días en tu lugar de trabajo. Bueno, tal vez si, si trabajas en un cine porno (de los que ya no hay), pero definitivamente no en una Universidad.  

Todos nos cortamos un poco, pero por razones distintas. Nos habían pillado la sorpresa que teníamos preparada, y a el le cortamos el rollo cuando apagamos el equipo. Con cierta complicidad masculina, aunque creo recordar que había alguna que otra chica en la sala, acordamos guardar el secreto (prometiéndole una copia del material o algo así). Apenas comenzábamos a editar la cinta que prometía bajar los calzoncillos y calzones a las viejas autoridades de nuestra facultad. Nuestro Cine-Foro sobre la pornografía era hasta ese momento, nuestra actividad más ambiciosa y tal vez nuestra puerta de salida de una corta pero intensa vida como cineclubistas. Nos encontrábamos en el ojo de las autoridades, no solo porque íbamos por nuestra cuenta, programando lo que nos daba la gana, sin ninguna supervisión (lo que les recordaba su falta de control), sino que producíamos dinero, mucho dinero para un miércoles en la tarde en nuestra universidad. 

Hablar de pornografía en una Universidad no tenía porque ser gran cosa. Pero la verdad era que si lo era. La nuestra es una sociedad bastante conservadora, a pesar de que creamos que no lo es. Y mostrar imágenes de las distintas tendencias sexuales que pueden existir, pues no pretendíamos escatimar en ninguna tendencia, prometía cuando menos iniciar un pequeño incendio en la oficina de la Decana. Una señora que más que pertenecer a la academia, parecía estar permanentemente pendiente del arroz con pollo que había dejado en el fuego en su casa. La señora nos despreciaba, y nosotros a ella. Habíamos tenido tensas reuniones que no llegaban a nada, nos colocaban límites, instrucciones, horarios y supervisores. Sólo por aquello de no dejar a los estudiantes ejecutando proyectos ambiciosos y autónomos, y sobre todo exitosos (o por lo menos así lo sentíamos). Así que en un arranque de rebeldía decidimos dinamitarlo todo, o ellos o nosotros. Que vengan los cartuchos de semen y las bombas de orgasmos en stereo, a todo color, con guitarreo setentoso a escala gigante, en nuestra pantalla de 4 x 8. Queríamos falos por la izquierda, culos a la derecha.

El problema, paradójicamente, era encontrar el material adecuado. No queríamos porno estándar. Queríamos escandalizar, y eso pasaba por mostrar todo un abanico que se salía de nuestro alcance. Si, no éramos muy pervertidos la verdad. Hoy en día colocas en internet “perro sexo chica lavadora puro voyeour” y consigues un video de un tipo viendo a una chica haciéndolo con un perro fumándose un puro dentro de una lavadora. Hace veinte años no había Internet, teníamos VHS, clubes de video y una figura imprescindible para los cinéfilos, el dependiente de la tienda. Que mientras en la mayoría de grandes cadenas eran jóvenes universitarios, en nuestro video club era un enano pervertido que se sabía de memoria toda la sección de porno. Bingo.

Mentiría si les dijese que recuerdo como se llamaba aquel personaje, por lo que le llamaremos Ramón. Gordo, de bigote grueso y de un metro cincuenta de estatura. Hablaba hasta por los codos y no tenía buen criterio cinematográfico, pero conocía al detalle donde estaban las escenas de zoofilia, coprofilia, sadismo, masoquismo, urofilia, clismafilia, fetichismo, travestismo, frotteurismo y cuanta tendencia sexual existiese en las cintas que poseía. Fue una verdadera bendición conseguirnos con aquel individuo, aunque las conversaciones fuesen un tanto perturbadoras. Parecíamos adolescentes comprando tampones o preservativos cada vez que entrábamos por algún material. Hablábamos poco, siempre algo nerviosos y salíamos lo más pronto posible del local.

Queríamos dejar caer una bomba en nuestra facultad, pero seguro que aquellas sesiones visionando el material y escogiendo escenas para la edición final nos demostraron que no saldríamos ilesos de aquella explosión. No éramos tan progresistas como creíamos, y la verdad, comenzamos a dudar si queríamos dejar salir el alma de Ramón en nuestros espacios de estudio. Una cosa era escandalizar por escandalizar e imaginarte a la decana con un pene gigante penetrando en su oreja, pero valía realmente la pena todo aquello?

A pesar de haber confirmado a los ponentes (un reconocido sexólogo venezolano y un escritor-humorista muy dado al tema erótico), dejamos enfriar el tema con cada escena incendiaria que veíamos. Nos reunimos y evaluamos la situación. Si, seríamos héroes por reventar la monotonía de la academia, pero aquello no tenía nada que ver con nuestra trayectoria. Si queríamos sexo en la universidad, mejor buscarlo como siempre lo habíamos hecho, desesperadamente y sin muchos resultados. Y de todas maneras nadie quería llevarse la sorpresa de ver entusiasmada a la Decana con la escena de las lesbianas y las anguilas (que se grabó a fuego en mi memoria).

Nos divertimos bastante en todo el proceso, incluso mintiendo a los ponentes para explicar la cancelación del evento, aludiendo una censura atroz de la facultad (no podíamos quedar como los jóvenes pacatos que realmente éramos). Pero es que como  he dicho antes, somos parte de una sociedad terriblemente conservadora. Al final, sólo Ramón disfrutó de la compilación que habíamos preparado, concediéndonos membresía permanente al video club; pero el vigilante, a ese no lo volvimos a ver a la cara después de entregarle la cinta con aquel vendaval sexual. Bueno, no se si fue eso, o romperle el sueño de volver a ver porno en pantalla gigante, toda una decepción, la verdad.