viernes, 10 de octubre de 2008

53:53


En 1991 compré mi primer cd. Bueno, más que una compra fue un regalo de mi hermano (que trabajaba el pobre). El nuevo y flamante equipo de sonido que se acababa de comprar en mi casa, -un monstruo negro de abolengo japonés-, necesitaba y pedía a gritos ser iniciado en el sonido digital. ¿Qué diablos era eso del sonido digital? Estábamos acostumbrados a escuchar la música en vinilo, a 33 rpm. Con surcos, baches, y cierto sonido a polvo en stereo que muchos añoran en la actualidad. Alguno que otro amigo ya tenía un sistema de Compact Disc en su casa, por lo que no me era ajeno el espectacular sonido que proporcionaba. Sin embargo, aun era un misterio colectivo en los círculos de la desfavorecida clase media venezolana. Ni qué decir entre mis padres. El equipo en cuestión tenía doble casetera y un plato para discos normales (nos negábamos a perder los discos antiguos). Sonaba estupendamente, pero no teníamos ni un puñetereo cd para probar lo que realmente teníamos que probar: la magia digital. 
Así que con el desespero propio de un chico de quince años, supliqué y me arrastré desde el primer día para comprar algo que me permitiese abandonar de una vez por todas el redondo, obscuro y frágil mundo musical del siglo XX. Yo quería conocer a ese pequeño y plateado objeto llamado CD. La discotienda elegida, vaya a usted a saber porqué, se encontraba en el boulevard de Sabana Grande, justo al lado de la librería SUMA. Tan solo al entrar, me dirigí directamente a la sección de cds, sección rock internacional. Mi objetivo, mi único anhelo era encontrar Appetite for Destruction, el mejor disco de Guns and Roses. Guns and fucking! Roses.

No se puede describir la excitación de un joven de quince años con semejante pieza en las manos. El disco, ya mítico para ese entonces (pues había salido hacía 4 años) estaba aun en el ambiente. Era el momento, el apogeo de Guns and Roses a nivel mundial. Si bien ya habían salido los Use your Illusion, Appetite for Destruction era la esencia pura del grupo. La radio no paraba de colocar Don´t Cry o November Rain, pero estos ya eran éxitos de una mega banda con ínfulas de mega banda. Appetite era la agresividad, la sexualidad y la pobreza sintetizada. Eran tipos duros (aunque Axl mantenía cierta estética del Glam rock en los inicios, para muestra vean el video de Welcome to the jungle) que tocaban con fuerza y cruda energía rociada o espolvoreada de vicios.

Si en los Use your Illusion Axl se atrevía a fantasear con operas rock, en Appetite cantaban y hablaban de la cotidianidad del marginal, del drogadicto, de la prostituta o del inmigrante sureño que se muda a la gran ciudad. Las letras son mucho más directas, simples y llenas de energía. Apenas se puede encontrar una pausa en la balada que los catapultó a finales de los 80´ Sweet Child o´mine, pues el frenético ritmo de canciones como Nightrain o It´s so Easy marca definitivamente el rumbo del disco. Esto es un disco de dos guitarras, un bajo y una batería. Sin adornos, sin coristas y todavía sin la perversa fama que llegaría para desbordar los egos (sobre todo los de Axl). Era la formación original, los amigos que compartían todo y que todavía se divertían con una botella de Whiskey (o tal vez tres)
En mi entorno, entre algunos de mis amigos, es un disco que marcó nuestra adolescencia. No porque reprodujésemos lo que allí se expresa líricamente. Sino porque permitió canalizar la energía musical lejos del producto comercial que siempre te imponen. Mientras el puto Jerry Rivera mataba unicornios y se terminaba de morir el house, nosotros descubríamos a partir de este disco, que salvó al heavy en los 80, el rock. Se nos abrió el camino y la perspectiva, no solo para recorrer la escena del rock desde los 60, sino para aceptar la gloriosa década que estaba por llegar, los 90. 

Appetite for destruction fue colocado y grabado en mi flamante equipo de sonido hasta el cansancio (el de mis padres). Originó alguno que otro reclamo de los vecinos en horas bastante indecentes. Y capitalizó a mis oídos durante suficiente tiempo para iniciar lo que hoy podría considerar una pequeña pérdida de la audición (y no es broma, vean el título del blog). El disco fue tan pero tan machacado por este servidor y sus amigos, que aun hoy recuerdo exactamente su duración: 53 minutos, 53 segundos. Ah, y que quede como dato interesante, costó 1600 Bs (malditos ladrones lo de esa discotienda!).

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